domingo, 30 de junio de 2013

Horas de Junio

Vuelvo a ti, soledad, agua vacía, 
agua de mis imágenes, tan muerta, 
nube de mis palabras, tan desierta, 
noche de la indecible poesía.

Por ti la misma sangre -tuya y mía- 
corre al alma de nadie siempre abierta. 
Por ti la angustia es sombra de la puerta 
que no se abre de noche ni de día.

Sigo la infancia en tu prisión, y el juego 
que alterna muertes y resurrecciones
de una imagen a otra vive ciego.

Claman el viento, el sol y el mar del viaje. 
Yo devoro mis propios corazones
y juego con los ojos del paisaje.

¿Cuál de todas las sombras es la mía? 
A todo cuerpo viene la belleza
y anticipa en los aires la proeza 
de ser sin el poema poesía. 
Junio dos nubes mágicas me fía
y ya soy cielo en que la duda empieza. 
¿Apoyaré tan pronto la cabeza
en la mano profunda que aún no es mía?

En palabras de amor se va la hermosa 
vida junto a la espina y a la rosa, 
tan alta siempre que cuando la hallamos 
antes sangran los dedos con la espina; 
y la rosa en la altura de sus ramos 
ya es otra rosa que se indetermina.

Junio me dio la voz, la silenciosa 
música de callar un sentimiento. 
Junio se lleva ahora como el viento 
la esperanza más dulce y espaciosa. 

Yo saqué de mi voz la limpia rosa, 
única rosa eterna del momento. 
No la tomó el amor, la llevó el viento 
y el alma inútilmente fue gozosa. 

Al año de morir todos los días 
los frutos de mi voz dijeron tanto 
y tan calladamente, que unos días 

vivieron a la sombra de aquel canto. 
(Aquí la voz se quiebra y el espanto 
de tanta soledad llena los días.)


Carlos Pellicer

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