martes, 11 de marzo de 2014

Leo tu último mail cada dos o tres días. Cuando estoy triste duermo con tu polerón gigante que dejaste abandonado en mi casa (a mí me queda gigante, caigo dos veces y media en él). Cuando abro la caja de la leche, siempre me acuerdo que tú me dijiste que no eran necesarias las tijeras para abrirla “¿para qué crees que es la línea punteada?” preguntaste… yo no respondí pero pensaba que era para mostrar el camino donde debían pasar las tijeras. A veces tomo la mariposa de mi cadenita e intento moverla, pero no puedo porque una vez se salió y tú la arreglaste y la dejaste presa en un eslabón de la cadena; ahora no puede dar vueltas por toda la cadena, pero la tomo y muevo toda la cadena con ella y me da cosquillas en el cuello. Escribo al menos dos veces a la semana cosas que no te mando y me leo libros de Bukowski cada vez que te echo de menos...


 Ayer me di cuenta que cuando uno se aleja de alguien realmente no es el adiós, el adiós de verdad es cuando viene otra persona a tu vida y debes decidir si le abres las puertas y dejas que intente rehacer el jardín o pasas de eso y sigues en tu vida llena de recuerdos y de cosas que no serán… Pero creo que tu polerón es demasiado reconfortante y que me gusta sonreír cada vez que abro una caja de leche y que es agradable sentir cosquillas y pensar en ti y que en realidad Bukowski no está nada de mal…

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